
































BINGO
“Nuestro bello nido dejó de serlo, pero siempre estará en mi pensamiento”. Con estas palabras se refería mi abuela a la que fue su casa durante más de sesenta años. Las encontramos días después de su muerte, en las pocas páginas que no arrancó de su diario. En ellas relataba su decisión de irse a vivir a una residencia, donde pasó los últimos meses de su vida. Una decisión que yo no entendí y que viví como un duelo. Y, sin embargo, el “bello nido dejó de serlo”. Eso escribió mi abuela y eso quiso hacernos saber: los espacios son frágiles, el tiempo los deshace.
En un intento de comprenderlo, empecé a visitar una residencia de personas mayores a una calle de mi casa. Poco a poco fui estableciendo vínculos con los residentes y encontrando mi lugar allí. Las rutinas ordenan los días: comidas, actividades y descanso. Cada miércoles, el bingo reúne a la mayoría en la sala común. El canto de los números, repetido como un ritual, dicta el ritmo de un presente marcado por la resignación y, al mismo tiempo, lo reconforta al ofrecer un instante de juego compartido. La residencia funciona como un espacio de cuidado, pero también de aislamiento, que redefine la relación de quienes la habitan con lo que han dejado atrás.
Al principio, esperaba encontrar en sus habitaciones objetos que hubieran traído consigo, pero en la mayoría de los casos lo único que he encontrado son antiguas fotografías clavadas en un corcho. Antonio, de 92 años, es un ejemplo: tiene poco más que unas fotos y una vieja caja de puros, y dedica su tiempo libre a cuidar las plantas del centro. Las flores que brotan gracias a su dedicación enmarcan la vida en la residencia. Del mismo modo, las fotografías impresas de esas flores que yo le regalé y que él colocó alrededor de su foto de bodas, decoran ahora su habitación, resguardando ese recuerdo.
En las conversaciones con los residentes a lo largo de mis visitas, recogidas a modo de diario, la idea de hogar aparece una y otra vez. Un lugar que, con los años, se vuelve impreciso, pero que, como escribía mi abuela, siempre está en el pensamiento. Este proyecto busca explorar esa permanencia intangible: cómo, a pesar del desarraigo y de la pérdida de los espacios físicos, el recuerdo de cómo los habitamos nos acompaña y nos da cobijo.
El proyecto se acompaña de una publicación en formato fanzine, que reúne diecinueve relatos breves y una serie de fotografías en blanco y negro.


